
La libertad de dejar de luchar
Hay momentos en los que, casi sin darnos cuenta, nuestra vida empieza a girar alrededor de una idea: «No puedo sentir esto».
No puedo sentir tanta ansiedad.
No puedo sentir esta tristeza.
No puedo seguir con este miedo, esta rabia o este vacío.
Y es completamente comprensible. Cuando algo duele, lo más natural es intentar apartarlo.
Todas las personas lo hacemos, de una forma u otra. Intentamos distraernos, mantenernos ocupados, pensar en otra cosa, controlar lo que va a pasar o evitar situaciones que nos remueven por dentro. A veces funciona durante un rato. Sentimos alivio. Respiramos.
Pero a menudo, sin quererlo, la vida se va haciendo más pequeña.
Dejamos de hacer ciertas cosas «hasta que nos encontremos mejor». Nos alejamos de personas, de decisiones o de espacios importantes. Y, poco a poco, acabamos invirtiendo más energía en intentar no sentir que en vivir la vida que nos gustaría.
Gran parte del sufrimiento humano no proviene únicamente del dolor emocional, sino de la lucha constante por eliminarlo.
Cuando intentar controlarlo todo nos agota
Nos han enseñado que controlar es algo positivo. Y en muchos aspectos lo es. Organizarnos, cuidarnos o anticipar problemas puede ser útil. Pero las emociones no funcionan igual que una agenda o un interruptor.
Hay pensamientos que aparecen sin permiso. Hay emociones sobre las que no podemos decidir cuándo se marcharán. Y hay experiencias internas que, cuanto más intentamos hacer desaparecer, más presentes se vuelven.
Podemos utilizar una metáfora muy sencilla para explicarlo:
La metáfora de la pelota bajo el agua, de Russ Harris
Imaginemos que intentamos hundir una pelota bajo el agua. Cuanta más fuerza hacemos para que no salga a la superficie, más energía necesitamos mantener. Y, tarde o temprano, la pelota acaba emergiendo con todavía más intensidad.
Con las emociones ocurre algo parecido.
Cuando intentamos controlar constantemente el miedo, la tristeza o los pensamientos desagradables, muchas veces acabamos más atrapados en ellos. Nuestra energía queda enfocada en «no sentir», y eso puede terminar limitando nuestra vida. No porque el malestar sea peligroso, sino porque la lucha constante contra él nos agota.
Cuanto más luchamos por no sentir miedo, tristeza o inseguridad, más espacio terminan ocupando dentro de nosotros.
El coste invisible de evitar el malestar
Muchas veces, el problema no es solo la ansiedad o la tristeza en sí. El problema es todo lo que dejamos de hacer para intentar no sentirlas.
La conversación que evitamos.
La relación que no iniciamos.
El límite que no ponemos.
El proyecto que aplazamos.
La vida que dejamos «para más adelante», cuando nos sintamos mejor.
Y es aquí donde muchas personas se sienten atrapadas: esperando encontrarse bien para empezar a vivir, cuando quizá la vida también sucede mientras hay miedo, dudas o vulnerabilidad.
Aceptar no es rendirse
Una de las ideas que más confusión genera es la palabra aceptación.
Aceptar no significa resignarse. No significa que nos guste lo que sentimos ni dejar de cuidarnos.
Aceptar significa dejar de declarar la guerra a nuestra experiencia interna.
Es reconocer que hay emociones difíciles que forman parte de ser humanos y que, aun así, podemos seguir acercándonos a lo que es importante para nosotros.
Quizá el miedo está ahí y podemos seguir dando pasos.
Quizá aparece la tristeza y podemos seguir vinculándonos.
Quizá hay inseguridad y podemos seguir construyendo una vida con sentido.
Porque la libertad no suele aparecer cuando desaparece todo el malestar. A menudo aparece cuando dejamos de vivir condicionados por él.
Vivir no es sentirse bien todo el tiempo
El objetivo no es eliminar el dolor emocional. El objetivo es poder sostener aquello que sentimos sin perdernos a nosotros mismos por el camino.
Aprender a hacer espacio a las emociones, a los pensamientos y a la vulnerabilidad humana nos permite recuperar energía para dirigirla hacia lo que realmente importa: los vínculos, el cuidado, los valores, los proyectos, la presencia y la vida.
Porque, al final, quizá la pregunta no es:
«¿Cómo hago para que esto desaparezca?»
Sino:
«¿Cómo quiero vivir, cuando esto está aquí?»
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Raquel Torres Mascort
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